miércoles, 29 de agosto de 2012

La fuerza sanadora de la depresión.

Pues si, aunque alguno de ustedes no lo crea, la tan temida enfermedad del S. XXI nos brinda una fuerza capaz de impulsarnos hacia espacios donde ningún otro estado anímico nos podría brindar la claridad, objetividad y consciencia que necesitamos para ser personas más completas y así dirigirnos hacia el camino del bienestar, de la paz interna indispensables para vivir nuestra vida gozosamente.

Pero, ¿de qué manera podemos tocar esos espacios tan gratos y nutricios a través de un estado anímico tan temido como lo es la depresión?

Nuestra sociedad postmoderna tan inundada de consumismos, nos presenta o mejor dicho, nos bombardea constantemente con estímulos distractores que impiden el que podamos alcanzar, no estados depresivos, sino tan solo, estados de tristeza y desesperanza, alejarnos un poco de los demás para estar en contacto con nosotros mismos, permitir que broten los pensamientos y sentimientos que solamente se presentan en un estado anímico sombrío.

Ahora bien, ¿ esto es masoquismo?

Por supuesto que no. Cuando nos permitimos sentir lo que verdaderamente nuestra alma nos está expresando, sin máscaras ni convencionalismos, cuando nos permitimos pensar lo que desde el centro de nuestro ser se esta gestando, solo entonces podemos decir que nos estamos aceptando y conociendo a nosotros mismos, respetándonos profundamente a través de la actitud de escucha y auto-observación de nuestras más profundas necesidades.

“La depresión puede ser un canal tan importante para los sentimientos “negativos” valiosos como pueden serlo las expresiones de afecto para las emociones del amor. Los sentimientos amorosos dan origen naturalmente a gestos de afecto. De la misma manera, el vacío y la grisura de la depresión movilizan una forma de conciencia y una expresión de los pensamientos que de otra manera permanecen ocultas bajo la pantalla de estados anímicos más alegres.”

“En una sociedad que se defiende contra el sentimiento trágico de la vida, se presenta la depresión como un enemigo, como una enfermedad temida; y sin embargo, en una sociedad como ésta, consagrada al movimiento y a la distracción, la depresión adquiere, en compensación, una fuerza excepcional.”

“Si persistimos en nuestra manera moderna de tratar la depresión como una enfermedad que se ha de curar por medios mecánicos y químicos, es probable que nos perdamos los dones del alma que sólo la depresión puede proporcionar."

Si insistimos en librarnos de los estados anímicos que acompañan a la depresión, no tardaremos en constatar que esto es altamente agotador. El hecho de intentar mantener la vida brillante y cálida a toda costa, drena profundamente nuestra energía que se consume tratando de sostener una máscara de alegría, de bienestar, de “no pasa nada” ante las tribulaciones propias de toda vida humana.

Los síntomas que se presentan al haber evadido a la depresión incluyen, en forma importante, un débil sentimiento de identidad, la imposibilidad de tomarse en serio la propia vida y un malestar o aburrimiento general que es un reflejo del hecho de no saber quiénes somos por haber perdido la oportunidad de constatar de qué material estamos hechos, de qué esta formada nuestra esencia. Lo opuesto de estos estados, son algunos de los grandes regalos que nos brinda la depresión cuando se le recibe, no se le evade ni minimiza y se aprende de ella. Se genera la sensación de haber sobrevivido a algo, hay un nuevo sentimiento de autoaceptación y de conocimiento de uno mismo.

“Como la depresión es uno de los rostros del alma, reconocerla y hacer de ella parte de nuestras relaciones favorece la verdadera intimidad. Si negamos o encubrimos cualquier cosa que se sienta en el alma, no podremos estar plenamente presentes con los demás. El resultado de ocultar los lugares oscuros es una pérdida de alma; hablar de ellos y en su nombre abre un camino hacia una comunidad y una intimidad auténticas.”

Permitir que la fuerza sanadora de la depresión actúe en nosotros, nos llevará a ser personas más completas y por lo tanto más objetivas teniendo presente que la vida está constituida por claro-obscuros, por la noche y el día, por la luz y la obscuridad, por el dentro y el afuera, por lo que esta arriba y lo que esta abajo, por las sonrisas y las lágrimas.

Será necesario crearnos espacios, ahí donde habitamos, para darle un lugar al silencio, a la reflexión, al retiro, a la meditación, a la contemplación de un árbol, de un ave, al sentir el aire en nuestro rostro, nuestra respiración, así como las lágrimas que corren por nuestras mejillas si es que deseamos que se dibuje una auténtica sonrisa en nuestro rostro siendo creada desde lo más profundo de nuestro ser, con toda la fuerza sanadora que un acto así  puede proporcionarnos. 



Moore, Thomas. El Cuidado del Alma. Ediciones Urano. Barcelona, 1998.