Pero, ¿de
qué manera podemos tocar esos espacios tan gratos y nutricios a través de un
estado anímico tan temido como lo es la depresión?
Nuestra
sociedad postmoderna tan inundada de consumismos, nos presenta o mejor dicho,
nos bombardea constantemente con estímulos distractores que impiden el que
podamos alcanzar, no estados depresivos, sino tan solo, estados de tristeza y
desesperanza, alejarnos un poco de los demás para estar en contacto con
nosotros mismos, permitir que broten los pensamientos y sentimientos que
solamente se presentan en un estado anímico sombrío.
Ahora bien,
¿ esto es masoquismo?
Por
supuesto que no. Cuando nos permitimos sentir lo que verdaderamente nuestra
alma nos está expresando, sin máscaras ni convencionalismos, cuando nos
permitimos pensar lo que desde el centro de nuestro ser se esta gestando, solo
entonces podemos decir que nos estamos aceptando y conociendo a nosotros
mismos, respetándonos profundamente a través de la actitud de escucha y
auto-observación de nuestras más profundas necesidades.
“La
depresión puede ser un canal tan importante para los sentimientos “negativos”
valiosos como pueden serlo las expresiones de afecto para las emociones del
amor. Los sentimientos amorosos dan origen naturalmente a gestos de afecto. De
la misma manera, el vacío y la grisura de la depresión movilizan una forma de
conciencia y una expresión de los pensamientos que de otra manera permanecen
ocultas bajo la pantalla de estados anímicos más alegres.”
“En una sociedad que se defiende contra el
sentimiento trágico de la vida, se presenta la depresión como un enemigo, como
una enfermedad temida; y sin embargo, en una sociedad como ésta, consagrada al
movimiento y a la distracción, la depresión adquiere, en compensación, una
fuerza excepcional.”
“Si
persistimos en nuestra manera moderna de tratar la depresión como una
enfermedad que se ha de curar por medios mecánicos y químicos, es probable que
nos perdamos los dones del alma que sólo la depresión puede proporcionar."
Si
insistimos en librarnos de los estados anímicos que acompañan a la depresión,
no tardaremos en constatar que esto es altamente agotador. El hecho de intentar
mantener la vida brillante y cálida a toda costa, drena profundamente nuestra
energía que se consume tratando de sostener una máscara de alegría, de
bienestar, de “no pasa nada” ante las tribulaciones propias de toda vida
humana.
Los
síntomas que se presentan al haber evadido a la depresión incluyen, en forma
importante, un débil sentimiento de identidad, la imposibilidad de tomarse en
serio la propia vida y un malestar o aburrimiento general que es un reflejo del
hecho de no saber quiénes somos por haber perdido la oportunidad de constatar
de qué material estamos hechos, de qué esta formada nuestra esencia. Lo opuesto
de estos estados, son algunos de los grandes regalos que nos brinda la depresión
cuando se le recibe, no se le evade ni minimiza y se aprende de ella. Se genera
la sensación de haber sobrevivido a algo, hay un nuevo sentimiento de
autoaceptación y de conocimiento de uno mismo.
“Como la
depresión es uno de los rostros del alma, reconocerla y hacer de ella parte de
nuestras relaciones favorece la verdadera intimidad. Si negamos o encubrimos
cualquier cosa que se sienta en el alma, no podremos estar plenamente presentes
con los demás. El resultado de ocultar los lugares oscuros es una pérdida de
alma; hablar de ellos y en su nombre abre un camino hacia una comunidad y una
intimidad auténticas.”
Permitir
que la fuerza sanadora de la depresión actúe en nosotros, nos llevará a ser
personas más completas y por lo tanto más objetivas teniendo presente que la
vida está constituida por claro-obscuros, por la noche y el día, por la luz y
la obscuridad, por el dentro y el afuera, por lo que esta arriba y lo que esta
abajo, por las sonrisas y las lágrimas.
Será
necesario crearnos espacios, ahí donde habitamos, para darle un lugar al
silencio, a la reflexión, al retiro, a la meditación, a la contemplación de un
árbol, de un ave, al sentir el aire en nuestro rostro, nuestra respiración, así
como las lágrimas que corren por nuestras mejillas si es que deseamos que se
dibuje una auténtica sonrisa en nuestro rostro siendo creada desde lo más
profundo de nuestro ser, con toda la fuerza sanadora que un acto así puede proporcionarnos.
Moore,
Thomas. El Cuidado del Alma. Ediciones Urano. Barcelona, 1998.